Tratando de valer, te olvidas de ser

gato-encubiertoTratando de valer, te olvidas de ser” ”Un aspirante a psicomago no debería imitar si desear ser imitado”. Todo esto y más nos dice Alejandro Jodorowsky pero, ¿por qué nos empeñamos en seguir pintándonos con los colores de nuestra tribu?.

Contesta Cristóbal Jodorowsky: “Nuestro árbol genealógico, nuestro inconsciente, es como una tribu. Tiene miedo a que nos diferenciemos de él. Somos portadores de los conflictos no solucionados de nuestro árbol genealógico y eso se manifiesta en nosotros de muchas maneras…”

Anne Ancelin Shützenberger, le sigue: “A veces esta lealtad invisible sobrepasa los límites de la sensatez y sin embargo se repite. Solemos mantener una poderosa e inconsciente fidelidad a nuestros designios familiares: a sus tradiciones, a sus traumas, a sus secretos, a sus proyectos más o menos advertidos. Adoptamos los sentimientos de la familia como si fueran propios”.

Aquí está Marianne Costa para recordarnos que nacemos como un ser con todas las posibilidades del ser, con un primer latido de embrión que parte del “neutro” y desde un lugar que permite todos los logros imaginables. Aunque la familia nos limite, nos imponga misiones, nos forme y nos deforme y le sigamos imitando la identidad que nos dan por una lealtad infantil que esconde el miedo a ser expulsados del clan, siempre estamos a tiempo de volver a ese neutro y llegar a ser lo que de verdad somos.

Redondea Alejandro Jodorowsky: “No hay mayor felicidad que ser lo que uno es”

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Impacto de las redes sociales

Redes_Sociales

¿Eres resiliente?

Aunque parezca una paradoja, bastantes personas tienen la capacidad de salir fortalecidas tras pasar por una experiencia traumática.

Hay personas que son capaces de resistir situaciones extremas y salir fortalecidas de ellas.

 

Eric AbidalMaria de Villota, el científico Stephen Hawking o el malogrado actor Christopher Reeve (entre otros muchos) cuentan con un denominador común si prestamos un mínimo de atención. Todos ellos hicieron, en un momento dado de sus respectivas vidas, del sufrimiento, virtud. En su día, la fatalidad les golpeó sin miramientos (un cáncer de hígado, la pérdida de un ojo o quedarse postrado en una silla de ruedas para el resto de sus días), pero lejos de hundirse, paradójicamente todos ellos salieron fortalecidos del trauma vivido.

Este fenómeno responde al nombre de resiliencia. Según la definición de la Real Academia española, se trata de “la capacidad humana de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas”.

Hay bastante consenso entre los investigadores a la hora de identificar a la estadounidense Emmy Werner como la pionera en efectuar un estudio, a mediados del siglo XX, sobre resiliencia. Werner heredó el concepto del psicoanalista británico John Bowlby, quien a su vez lo tomó prestado de la Física. De este ámbito es de donde procede, originariamente, el término.

La Física lo define como la capacidad que tienen algunos metales para doblarse y luego volver a su posición original cuando se deja de ejercer presión sobre ellos. En psicología, “se usa la metáfora de los juncos” para explicar el concepto, relata a LaVanguardia.com el profesor de Psicología de la Universidad Complutense de Madrid, Gonzalo Hervás. “Cuando el caudal aumenta considerablemente, los juncos de los ríos se doblan, sin romperse y sin quebrarse, y luego vuelven a su posición original cuando las aguas recuperan su aspecto habitual”, añade.

¿Es posible ser resiliente, o es algo genético?

Son muchas, o bastantes para ser exactos, las personas que tienen, entre sus aptitudes, la de ser resilientes. Aunque puede tener algo que decir, la genética no determina de manera unívoca que un individuo cuente o no con esta, dijéramos, habilidad. Y es que se puede aprender a ser resiliente, aunque no todo el mundo puede hacerlo. “Uno puede pensar que el porcentaje de respuestas resilientes es minoritaria. Pero en realidad es bastante más alta de lo que esperaríamos, entre un 30 y un 50%. Es algo frecuente ser resiliente, y mucha gente se sorprende a sí misma cuando lo descubre”, esgrime Gonzalo Hervás.

El problema radica en que para saber si uno cuenta, o no, con esta capacidad es necesario pasar por una experiencia extrema. “Esa es la prueba de fuego y es lo que hace que uno lo confirme”, asegura el profesor de la Complutense. De hecho, “la persona (y esto enlaza con otro concepto psicológico que se llama crecimiento tras la adversidad) descubre esas capacidades nuevas que desconocía y se siente mucho más seguro para enfrentarse a otras experiencias. Uno redescubre cuáles son sus determinados valores, y esto conduce a un cambio vital, de filosofía de vida”, agrega.

Para muestra, un botón. “Ahora veo más que antes lo que es importante en la vida”, dijo la piloto de Fórmula 1, Maria de Villota, días después de perder el ojo derecho a causa de un accidente con su monoplaza.

Identificada como una patología

En el siglo pasado, a las personas resilientes, por desconocimiento, se les había llegado a tachar de enfermizas. “Antes, cuando no había ni siquiera términos, y por supuesto menos aún teorías sobre aspectos positivos relacionados con las fortalezas humanas, se interpretaban estas realidades con las teorías que habían. Y sólo había teorías para lo negativo”, recuerda Hervás.

En consecuencia, al final se acababa identificando un rasgo positivo como algo patológico: que si estaban reprimiendo, que si estaban encapsulando la vivencia traumática y no la estaban expresando… cuando, en realidad, eran personas resilientes al 100% que estaban sumergidas en un proceso totalmente sano.

Cabe remarcar que una persona puede tener experiencias de dolor sin que, necesariamente, tenga que vivirlas en el plano más social. “En paralelo, incluso, puede mantener una actitud bastante positiva, sin perder la capacidad de disfrutar”, esgrime Hervás.

La fe, ¿generadora de personas resilientes?

Se ha observado que la espiritualidad y la religiosidad pueden ayudar a algunas personas a ser más resilientes. Y lo pueden hacer por la vía de dar sentido a determinadas experiencias adversas y, también, por el apoyo social que pueden recibir las personas que pasan por un trauma vital (al contar con un entorno que puede favorecer la expresión de las emociones).

“Pero es muy importante la flexibilidad”, recuerda Hervás. “Las creencias demasiado rígidas, sean de tipo religioso o de otro, están asociadas a una peor recuperación tras la adversidad”, añade.

Sacar partido a la adversidad

Al final, todo se reduce a intentar sacar la parte positiva de una situación extrema vivida, algo nada fácil. Y es que hay que ser consciente de que la adversidad está presente en nuestras vidas y antes o después vamos a encontrarnos (en mayor o menor medida) con ella. “Hay que intentar aprovechar las oportunidades que te pueda dar la adversidad. En frío, todo el mundo preferiría obviarla, pero una vez estás sumergido en una situación difícil hay que intentar, en la medida de lo posible, tratar de sacar algo bueno de ella”, remata Hervás.

El efecto de la crisis sobre la salud mental

Las consecuencias de la crisis económica son de todos conocidas: empresas que quiebran y se ven obligadas a cerrar, trabajadores que pasan a engrosar las cifras del desempleo, familias que no pueden llegar a fin de mes, personas que no pueden hacer frente a sus hipotecas y se ven abocadas al desahucio… Todo ello no se limita sin embargo a una cuestión económica o a un problema para garantizarse las necesidades básicas de alimento, vivienda y unas condiciones de vida dignas, sino que conlleva numerosas implicaciones personales y psicosociales. Está establecido de manera sólida que las circunstancias socio-económicas en las que se ha de desenvolver una persona se asocian a aspectos como su nivel de bienestar subjetivo, su calidad de vida y su salud y, como una dimensión más de ésta, a la posibilidad de sufrir problemas que afectan a la salud mental en concreto.

La crisis nos enferma

Incluso para aquellas personas que tienen la suerte de estar dentro del mundo laboral, la crisis también les pasa factura. Se impone, desde la óptica de la empresa, el hacer más por menos. Más horas de trabajo por menos remuneración, más implicación por menos categoría… e incluso donde el agradecimiento y la valoración, está en un segundo plano o inexistente.

¿Existe cura?

Siempre es mejor el arte de la prevención…. pero la sociedad actual nos arrastra a un torbellino de situaciones, donde las emociones siempre se encuentran a flor de piel.

Tenemos que ser felices, debemos ser capaces de administrar el desgaste de nuestras emociones, debemos ser inteligentes en este aspecto, tenemos que cultivar dentro de nosotros el arte de “Felicidología”.

Felicidología es la ciencia que trata la felicidad de esta vida, a través de un camino lógico, de unas pautas lógicas para vivir.
¿Cómo está compuesto tu mundo interior? ¿Porqué vivimos con tanto conflicto interno? y ¿qué hacer para alcanzar la paz? Una paz que no sea un rendirse, sino más bien que represente la felicidad que desde siempre hemos anhelado.

Para alcanzar esta paz es importante aprender a gestionar tus emociones y encontrar su origen. Negarlas o reprimirlas solamente nos produce desasosiego y afecta nuestra vida, nuestra felicidad, nuestra salud, nuestras relaciones y nuestro rendimiento. Es importante aprender a construir las estructuras mentales fundamentales para ir creando nuestra vida de forma que nuestros problemas sean llevaderos y nos sirva para crecer.

Han sido muchos los escritores, filósofos, y grandes hombres en general, que a lo largo de la historia, han hablado de la felicidad. Hay mucho escrito sobre el tema. Y hoy día, la felicidad es uno de los temas estrella en las secciones de auto-ayuda de cualquier librería o biblioteca. Sin embargo, nos encontramos ante una paradoja. Según las encuestas, en el llamado “primer mundo” la sociedad busca y obtiene mayores ingresos económicos, pero la felicidad de la gente apenas aumenta; sin embargo, en los países menos desarrollados económicamente, con niveles de renta bajos, hay más felicidad, y también menos delincuencia, menos depresión, menos estrés, menos alcoholismo… que en el primer mundo. ¿Por qué? Porque los bienes materiales no dan la felicidad.
Al decir de los clásicos, todos los seres humanos quieren vivir felices, y nacen con todo lo necesario para lograrlo; pero al ir a descubrir lo que hace feliz la vida, van a tientas, y se hace difícil conseguir la felicidad.
En esta sociedad Occidental en la que vivimos, y una vez superada la escasez económica, quizás el aburrimiento sea nuestro mayor peligro. Necesitamos saber qué hacer con nuestra vida, pues de ello depende nuestra felicidad.
Citas:

  • Evita, por encima de cualquier circunstancia, la tristeza; que tu alegría no sea tanto de las circunstancias favorables como fruto de ti mismo. Periandro de Corinto.
  • Cuando hacemos lo que es correcto y  bueno, estamos abonados a ser felices. Sri Ram.
  • Buscando el bien de nuestros semejantes encontramos el nuestro. Platón.
  • No hay más que una manera de lograr la felicidad: vivir para los demás. Tolstoi.
  • No aspires jamás a la vanidad de ser rico; contribuirás a que haya pobres. Entrégate al natural deseo de ser dichoso; hay felicidad para todos. Máxima Pitagórica.
  • La felicidad del ambicioso depende de la acción ajena; la del voluptuoso, de sus pasiones; la del prudente, de sus propios actos. Marco Aurelio.
  • El hombre que con paciencia y perseverancia dedique toda su vida al descubrimiento del Bien y la Verdad, gozará de una felicidad profunda. Confucio. 

 

Minientrada

Aprovecha tu tiempo

Time is money” (Benjamin Franklin)

El correcto manejo del tiempo está íntimamente relacionado con nuestra salud financiera. A primera vista podría parecer que el tiempo y el dinero no guardan relación. Pero si profundizas un poco, su relación se hace evidente.

Piénsalo un poco.

 Cada persona es bendecida con la misma cantidad de tiempo –168 horas por semana–. Bill Gates tiene 168 horas por semana. Yo tengo 168 horas por semana. Tú tienes 168 horas por semana. Cada uno de nosotros duerme durante algunas de esas horas, dejándonos quizás con 120 horas despiertos durante cualquier semana.

De esas 120 horas en que estamos despiertos, muchos de nosotros vendemos la mayoría de esas horas a alguien más a cambio de dinero. Vamos al trabajo, trabajamos un rato, vamos a casa, y, a menudo, algo del trabajo viene a casa con nosotros. Agrega a esto las horas que quemamos pensando acerca del trabajo y el tiempo de que disponemos para nosotros mismos disminuye aún más.

(…)

Otra táctica importante es encontrar formas de gastar tu tiempo libre que te ayuden de forma simultánea a crecer como ser humano y a proporcionarte alegrías. Leer literatura que expanda tu mente es un buen ejemplo. Ir a trotar es otro ejemplo. Casi cualquier actividad social cae en este grupo; también aprender cómo interactuar con más gente es invaluable. Este tipo de actividades repercuten positivamente en el resto de tu día, ellas aumentan tu energía en el trabajo, mejoran tu agudeza mental y elevan el nivel de tu habilidad para interactuar con otras personas y relacionarte. Colocar un poco de esfuerzo para encontrar formas agradables de gastar tu tiempo libre de modo que también te ayuden a crecer como ser humano te recompensa una y otra vez.

¿Te atreves a soñar?

Espero que os guste.

Conocerse a si mismo: Lo fácil y lo difícil

Lo fácil y lo difícil

Hablamos de trabajos difíciles, de materias difíciles, de situaciones psicológicas difíciles, de actuaciones o circunstancias difíciles, de personas difíciles, de épocas difíciles… La lista sería inacabable y no pretendemos completarla ni dar una solución para cada uno de los casos en tan pocas líneas.

Queremos, en cambio, llamar la atención sobre la posición interior de quien debe enfrentarse con lo difícil.

Casi todos reconocen que hay cosas fáciles: generalmente, son las que hacen los demás y unas pocas que cumplen satisfactoriamente cada uno de los afectados. No sé por qué la mayoría de la gente piensa que “los demás” -las “no grullas” del mito platónico- tienen cosas fáciles que hacer, y que la vida acumula las dificultades sobre uno y no sobre ellos. Será, tal vez, porque la mayoría de la gente no sabe ponerse de verdad en el lugar de los demás.

Por otra parte, cada cual sabe que, ante ciertas situaciones, puede salir airosamente del paso; cada cual sabe que tiene capacidad para hacer bien o muy bien algunas tareas. Junto a éstas, se juntan otras muchísimas que se ven como irresolubles, como metas inalcanzables.

Pensemos un poco. Lo fácil en sí no existe. Si preguntáramos , uno por uno, qué es lo que considera fácil, todos responderían de manera diferente.

Existe lo que sabemos y podemos hacer, y lo que ni sabemos ni podemos hacer. Lo fácil es lo ya aprendido, lo que ya se ha dominado y se realiza con soltura. ¿Cuándo, dónde y cómo lo hemos aprendido…? Lo cierto es que lo aprendido y lo asimilado se refleja como una cierta facilidad para actuar en la vida.

Del mismo modo, lo difícil en sí no existe. Depende de la persona y de su saber acumulado. Lo que no se conoce, lo que se presenta como algo nuevo, tiene la máscara de lo difícil. Es probable que, por no saber resolver la situación, se siga llamando “difícil” durante muchos años a una misma cosa, que ya no es tan desconocida ni nueva, sino repetitiva y temida… La experiencia del miedo y del temor a lo nuevo no es la que nos lleva a superar lo difícil. Precisamente, para evitar las dificultades, hay que evitar todo atisbo de temor.

Es natural que la vida esté repleta de cosas difíciles. Todos hemos venido al mundo para aprender, para sumar nuevos conocimientos… Si todo fuera siempre fácil sería un toque de atención: o nos hemos estancado en lo que ya sabíamos, o nos hemos vuelto inconscientes como para no reconocer los nuevos escalones…
Lo difícil es lo que nos pone frente a lo que nos corresponde adquirir en este momento, a lo que -pareciendo una dura prueba- es, sin embargo, el ejercicio indispensable para que las experiencias se abran paso en la conciencia…

Los problemas personales

¿Cuáles son los problemas personales?

Evidentemente, los que afligen a la personalidad, entendiendo por ello el conjunto de expresiones físicas y vitales, emocionales y mentales.

Sin menospreciar el dolor de una enfermedad o de un desarreglo físico más o menos permanente, las circunstancias emocionales son las más decisivas, al punto que son ellas las que colorean los pensamientos y aun la disposición física. Es sabido que en más de una ocasión, un gran disgusto se refleja de inmediato en el cuerpo de una forma u otra, al tiempo que bloquea la mente para todo razonamiento lógico y sensato.

¿Por qué tenemos estos problemas personales, básicamente emocionales? Por falta de conocimiento de los propios resortes emotivos y, por consiguiente, por imposibilidad de resolver las situaciones conflictivas que se presentan.

A todos los humanos que vivimos en este mundo, por una u otra cuestión, se nos presentan dificultades. Es algo lógico si coincidimos con los filósofos clásicos en que la vida se encarga de enseñarnos a vivir. Y no es un juego de palabras. Podemos aprender de las experiencias y consejos de otros, podemos estar prevenidos ante las coyunturas de la existencia, pero nada es equiparable a la práctica vital de cuanto hemos aprendido. La vida nos enseña día a día, y es bueno reconocerla como maestra más que como enemiga. Como maestra, nos ayuda a poner en juego nuestras mejores potencialidades; si la vemos como enemiga, sólo será un largo camino de problemas, sobre todo, de problemas personales.

¿Cómo enseña la vida? De un modo diferente a los otros tipos de sistemas. Enseña de manera directa, atacando en aquello que más duele para obligar a una necesaria reflexión. Todo lo emocional, duele. Aunque en algunos momentos las emociones pueden convertirse en motivo de alegría y felicidad, son mucho más numerosos y contundentes los momentos de disgusto, miedo, desesperación, indecisión, impotencia..

Podríamos hacer una lista inagotable de problemas, pero baste con algunos que casi todos conocemos. Están los problemas naturales de supervivencia, la lucha por ganarse la vida de una forma más o menos digna, y más o menos de acuerdo con nuestras vocaciones y disposiciones, con nuestros estudios o preparación. Están los problemas de estudio y formación, ya que no siempre se dan las posibilidades para acceder a ellos; o se sueña con estudiar para abrirse camino en lo económico para descubrir, años después, que no era tan fácil como parecía al principio. Están los problemas familiares, ya que no siempre hay un claro entendimiento entre los que componen este núcleo. Están los problemas existenciales, toda vez que algunas personas se preocupan por el destino, por el ser interior, por el universo en que nos hallamos y por miles de porqués acerca de nuestra posición individual y colectiva en el mundo. Y, sobre todo, están los problemas sentimentales cuando no hay una buena relación con otras personas y cuando no se perfilan amores y amistades satisfactorios.

Sé que podríamos extender los ejemplos, pero a partir de cualquiera de ellos es factible llegar a un estado paralizante una vez que aparecen los problemas.

Por lo general, la actitud ante el problema es buscar soluciones fáciles y rápidas que no impliquen la propia voluntad. Se recurre a gente conocida, se pide ayuda a unos y a otros… El problema ha bloqueado a quien busca la solución fuera de sí y, sobre todo, al que parte del principio de la injusticia de la vida que le somete a tales infortunios. La emoción negativa gana terreno, las ideas se vuelven cada vez más confusas, el organismo empieza a reflejar la angustia y el problema asume entonces la dimensión de una montaña infranqueable. Sólo queda el dolor, la desesperación, la irritabilidad, la agresión contra los demás por la parte de culpa que pudieran tener… En fin, un pozo inmenso que se vuelve más y más profundo y del que es cada vez más difícil salir.

Desde abajo, desde el hundimiento psicológico, no se puede ver la luz. El dolor se va rumiando minuto a minuto y no cabe más que esa pasión obsesiva.

Las soluciones deben venir entonces, y por lógica, desde arriba. Es necesario elevarse por encima del problema y de la pena para encontrar una respuesta.

Si sabemos que la raíz de la dificultad está en el plano afectivo, hay que trabajar con la energía mental para superar la atmósfera emocional negativa. Puede parecer difícil en principio, pero todo es difícil hasta que no se prueba por primera vez. Hay que hacer el esfuerzo de subir un escalón, de pasar por encima de las nubes y llegar a la claridad del propio entendimiento. No todos somos sabios, es verdad, pero todos tenemos un cúmulo de experiencias más o menos importantes como para buscar respuestas factibles al mal que nos aqueja. Hay que poder llegar hasta nuestro rincón de soluciones. Algunas resultarán inservibles, otras discretamente válidas, y no faltarán las francamente buenas. Probando y probando, con buena voluntad y sin la ansiedad de la emotividad distorsionante, se adquieren nuevas experiencias que serán útiles para siguientes ocasiones.

Tú no eres solamente un manojo de emociones o pasiones; también tienes inteligencia para observarte a ti mismo “desde afuera” y trazar tu propio camino.

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