Cuando hablamos mal de los demás

Si por encanto del hechizo de algún mago del Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería todos quedáramos mudos al intentar hablar mal de alguien, quizás la mitad del planeta quedaría en silencio, o al menos esa es la impresión que tengo al escuchar la cantidad de conversaciones que giran en torno a criticar a alguien o a quejarse de alguien.

Uno podría excusarse diciendo que todo el mundo lo hace; o que en realidad, la gente de la que uno habla mal merece eso y más.

No estoy de acuerdo. La vida me ha dado dos estupendos ejemplos de personas reales a quienes nunca he escuchado hablar mal de los demás: mi padre y mi maestra de filosofía.

En el caso de mi padre, ni aun en las peores circunstancias –cuando genuinamente se había sentido agraviado por otros– ha caído en este vicio. Supongo que se lo debe a su noble corazón y a mi abuela, a quien tampoco nunca escuché decir siquiera una mala palabra. En el caso de mi maestra, quien también sufrió injusticias terribles y ataques, tampoco le he escuchado sino palabras cargadas de bondad, de belleza, de elegancia y sabiduría… Quizás, además de una buena crianza, se deba a que genuinamente procura vivir las enseñanzas de los grandes sabios.

O sea, sí es posible que uno se abstenga de hablar mal de los demás.

En todas las tradiciones, hablar mal de los demás es visto como un vicio del cual hay que cuidarse: no solo hace un daño terrible a los demás, sino a nosotros mismos, y hace que el mundo sea un peor lugar para vivir.

Un precepto budista dice: “No condenes a ningún hombre en su ausencia; y cuando te veas forzado a censurarlo, hazlo frente a su cara, pero suavemente y con palabras llenas de caridad y compasión. Ya que el corazón humano es como la planta Kusûli, que abre su cáliz al suave rocío de la mañana y lo cierra ante un fuerte aguacero”.

(…)

Quizás, si todos nos esforzamos en practicar el silencio prudente cuando se trate de criticar a los demás, el mundo empiece a ser un mejor lugar para vivir.

Por mi parte, procuraré colocarle conciencia al desarrollo de esta virtud, y si llego a encontrar a algún estudiante de Hogwarts intentaré convencerle de que nos regale a todos este hechizo.

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La importancia de centrarse

Es casi un tópico repetir que a pesar de que los variados medios técnicos que tenemos a nuestra disposición nos facilitan considerablemente las cosas, vivimos la vida con una aceleración y un ritmo desaforado que no siempre podemos soportar con equilibrio.

Las consecuencias son muy numerosas y con frecuencia se nos suele advertir de los peligros para la salud de una vida cargada de tensiones y de prisas. Pero no siempre recordamos otros riesgos de tipo interno que afectan de manera profunda a nuestro sentido de la existencia. Y los podemos resumir de manera sencilla y metafórica señalando con qué facilidad perdemos nuestro centro, nos salimos del eje que debería ordenar y acompasar el ritmo de nuestros pasos, con arreglo a nuestras metas y objetivos, elegidos por nosotros mismos.

A veces las circunstancias vienen en nuestra ayuda y nos obligan a detenernos, nos quedamos a solas con nosotros mismos y no nos queda más remedio que volver a nuestro centro interior y escuchar. Es muy importante aprovechar oportunidades así para recuperar el centro y el equilibrio perdidos y volver a trazar la “hoja de ruta” de nuestras vidas, con el firme propósito de no desviarnos, por más que las infinitas distracciones reclamen nuestra atención.

Tener un centro nos ayudará a saber concentrar nuestras energías y jerarquizar nuestros esfuerzos con arreglo a lo que nos proporciona solidez y claridad en nuestras decisiones. Y el resultado de todo ello es la serenidad que produce el deber cumplido, tan diferente del atropellado desconcierto en que vivimos.