‘El árbol de la vida’: La vida es un milagro

En la década de los años cincuenta, los O’Brien van creciendo y reforzando sus vínculos en la América suburbial. La cálida relación de los cabezas de familia cobija siempre a unos hijos que van creciendo y aprendiendo a convivir con el mundo que los envuelve, tomando siempre como ejemplo las enseñanzas que reciben tanto de su madre como de su madre. Ambos ofrecen visiones y lecciones tan dispares como compatibles las unas con las otras. Desde saber atesorar los buenos momentos a aprender a cómo encajar los peores. ‘El árbol de la vida’, era sin duda la película más esperada de este año la Croisette. Su autor, uno de los directores más escurridizos de la historia del cine, que por supuesto, ni estaba… ni se le esperaba en Cannes. Terrence Malick, de quien se ha llegado a decir que directamente no existe, y que no es más que un nombre listo para ser usado por la omnipotente industria para, de algún modo, promocionar películas que se amolden a ciertas características. Como era de esperar, no hizo acto de presencia, lo cual no es que fuera precisamente la mejor carta de presentación de cara a ganarse el favor del Jurado… pero de ser cierto lo que cuentan de él -nunca se sabe- los premios no han figurado nunca en la lista de prioridades del cineasta detrás de joyas como ‘Días del cielo’ o ‘La delgada línea roja’, lo cual por otra parte ayuda a entender su forma de hacer películas.

Casi mejor que no tenga en cuenta los reconocimientos académicos, porque, aunque después hubiera contraataque en forma de caluroso aplauso, lo cierto es que en el día de su presentación en sociedad, el Grand Théâtre Lumière registró los abucheos más sonoros en lo que se llevaba de festival (tan virulentos, que los críticos más furiosos empezaron a expresar su descontento antes incluso de que se mostraran en pantalla los títulos de crédito finales). Se estableció pues un tenso enfrentamiento gutural entre los detractores y defensores de la cinta en cuestión. Si me preguntan, no me lo pensé dos veces a la hora de situarme en el segundo grupo… y pónganme en primera línea, pues después de casi dos horas y media, salí de la sala con el convencimiento de que acababa de ver una grandísima película, y eso que tocaba luchar con el siempre peligroso efecto del hype. Largo tiempo llevaba anunciado este proyecto, y largo tiempo llevaba buena parte del sector especulando con el poco futuro que le aguardaba. Mientras, algunos preferimos encender a baja intensidad el fuego de nuestras esperanzas. Esperanzas puestas en que uno de los autores más singulares que ha dado jamás el cine americano, volviera a sorprendernos una vez más. Con el lanzamiento del tráiler, hay quien dijo que había en aquellos escasos dos minutos de avance, mucho más cine del que se había visto a lo largo de todo el año 2010. Una apreciación desgraciadamente bastante correcta. Se multiplicaban las buenas vibraciones ante un proyecto que seguía envuelto en el misterio… y que quizás por ello suscitaba todavía más interés. Ya se sabe que cuando se acude a una proyección con muchas expectativas, se suele salir decepcionado. Pues ni con estas. No hay lugar para desilusión. No con Terrence Malick, que ya apunta altísimo desde el minuto cero. “¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? Házmelo saber, si tienes inteligencia. ¿Quién ordenó sus medidas, si lo sabes? ¿O quién extendió sobre ella cordel? ¿Sobre qué están fundadas sus bases? ¿O quién puso su piedra angular, Cuando alababan todas las estrellas del alba, Y se regocijaban todos los hijos de Dios?” Esta cita bíblica extraída del libro de Job es la que da pie a la última aventura propuesta por el cineasta tejano. Aventura… o odisea, pues no cabe otro nombre para una cinta que encuentra el tiempo para llevarnos a la intimidad de una familia que vive en un entorno suburbial en la América de los años cincuenta, o a los parajes más bellos tanto de nuestro mundo como del cosmos, deteniéndose también en un efímero estudio del comportamiento de los primeros seres vivos que poblaron nuestro planeta. Malick lleva al límite su actitud contemplativa y espiritualidad (en la que se aprecia un abandono del paganismo en pos de pensamientos de calado más cristiano), y la jugada le sale casi redonda. Retomando los textos sagrados, este cineasta sin igual extrae de ellos una concepción bicéfala del mundo que nos rodea. La naturaleza o la gracia divina; el aceptar y saber ver /convivir con la belleza y bondad que nos rodea, o luchar para ser dueños de nuestro propio destino; la madre o el padre. Con la entrada en escena de esta especie de dioses creadores, va a vertebrarse una narración de vitalidad y curiosidad prodigiosa. El seguimiento de la familia O’Brien será el hilo conductor de una vastísima clase de filosofía. Una reflexión magistral que emociona por su espontaneidad (perfecta, inmejorable la filmación de los primeros años de vida del primogénito) y su perfección técnica, inconcebible sin la labor titánica de Emmanuel Lubezki como director de fotografía, y de Alexandre Desplat como compositor de la banda sonora. Los pelos se ponen de punta mientras los pequeños O’Brien, siempre vigilados por la estricta y dulce mirada de sus padres, van experimentando la pureza y la maldad, los giros crueles que a todos nos depara la fortuna… y ante todo, lo precioso y delicado de un universo que ansía ser explorado. Lo divino nos rodea, y se halla no sólo en la creación de una estrella, sino también en las últimas bocanadas de aire de un dinosaurio, o incluso en las coletas de una niña que toca una campana en plana mañana de domingo. La vida es un milagro… y el cine a veces también, ¿o acaso no lo es el que una película nos transmita la fascinación de alguien cuya retina parece que esté viendo el mundo por primera vez? Este “alguien” tiene nombre y apellidos, Terrence Frederick Malick, y con ‘El árbol de la vida’ ha firmado quizás no su mejor su trabajo (al que se le puede achacar un en ocasiones excesivo ensimismamiento y regodeo, que tiene su punto álgido en un más que discutible epílogo), pero sin duda su obra cumbre. La síntesis de su siempre fascinante forma de entender el séptimo arte, en la que la conjunción entre la improvisación y la espontaneidad (véase a Jessica Chastain jugando con una mariposa, por ejemplo), con la obsesión casi enfermiza por alcanzar la perfección (véanse los cuatro montadores que llegaron a poner sus manos en esta película) define el tipo de pincelada más usado para crear sus inconfundibles frescos. Pura poesía, una sinfonía sublime; una celebración de la vida. Sí, yo era de los que aplaudía, y esto no se hace todos los días en una sala de cine.

Trailler:

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