Fe y esperanza en tiempo de crisis, por Koldo Aldai
31 may 2012 Dejar un comentario
in Filosofía, Psicología
En la calle y en los medios impera el tema de la crisis pero absolutamente nada frena el brotar de las nuevas hojas, el despertar de la nueva vida en la avanzada primavera. El Ibex en rojo no detiene ninguna clorofila. Los batacazos de la bolsa no paralizan las huertas en mi aldea. La prima de riesgo no afecta el florecer de los campos. El hayedo inmenso gana cada día, quién sabrá de dónde, más fascinante verde. La vida continúa, es el sistema económico urdido por el humano el que quiebra. La naturaleza entera se rige por la economía del bien común que nosotros/as no terminamos de observar. Más allá de ese verde que ahora va conquistando nuestros paisajes, hay un mundo individualista y materialista que zozobra, más allá de la economía real, hay una economía artificial y especulativa que se tambalea.
Toda la naturaleza contribuye al orden, a la armonía, al progreso conjunto, pero a nosotros nos alcanzan los Mayos sin despertar a la necesidad de promover el bien colectivo. Nos resta ser uno con ese supremo concierto global. Nuestro futuro está indisolublemente ligado a nuestra reubicación en el equilibrio de lo natural.
Adecuarse con menos puede ser absolutamente liberador, puede ayudarnos a emanciparnos de la prisión del tener para saltar a los anchos prados del ser. Vivir con lo necesario es un imprescindible ejercicio solidario. Apretarse el cinturón puede ser un ensanchar de la vida y sus inmensas posibilidades, una expansión de creatividad. La crisis nos da la oportunidad de salir al mundo más nosotros, más desnudos; nos otorga la posibilidad de recuperar lo sencillo en detrimento de lo sofisticado, de llamar a la puerta de una esfera más íntima y olvidada. La esperanza no puede venir sino desde el absoluto convencimiento del poder inmenso del que somos portadores. Será de ley reivindicar lo que es justo en cuanto a condiciones laborales y remuneraciones, pero también comenzar a arreglarnos con lo “justo” y prescindir de lo superfluo.
Si antes vivimos por encima, ahora toca vivir desde más adentro. La crisis nos pone a prueba. Las gentes y los pueblos son graduados en momentos de apuros. Estos tiempos aparentemente más difíciles nos invitan a un rearme de fe y de esperanza. Fe no necesariamente ceñida, ya no necesariamente ajustada a patrón, sino fe ancha, abierta y a la vez profunda; esperanza de que las soluciones no llegan de fuera, sino de nuestro propio interior; esperanza de que ahora estamos en mejores condiciones para dar vida a una civilización más instalada en el cooperar y el compartir, en el respeto a la Madre Naturaleza y sus reinos.
No nos falta fe de que emergeremos de la crisis, siempre y cuando optemos por la sencillez y la solidaridad. La solidaridad linda la reverencia de la que tanto adolece nuestro mundo aún codicioso. Tenemos fe de que estamos a las puertas de una nueva era más reverente con el otro, sus circunstancias y su diferencia; un nuevo tiempo más reverente con cuanto nos rodea. La sostenibilidad tendrá largo recorrido cuando parta de esa actitud sinceramente considerada, cuando sea algo más que una mera consigna ecologista, una meta de vanguardia y devenga una llamado inaplazable del alma, cuando volvamos a ser en comunión con la Madre Tierra-Amalurra, cuando nos vinculemos absolutamente a su destino.
Reverenciar es por lo tanto recolocarnos debidamente en el concierto de la creación, ya no para ser más, ya no para ser quienes usurpan y explotan, sino para devenir quienes velan por ese concierto. Es reencontrar nuestro lugar excelso en la cumbre de lo creado, entendiendo esa cima como el supremo compromiso para la preservación y el progreso de cuanto late. Nadie habla de tomar camino de la caverna, de prescindir de los adelantos útiles al genuino e integral progreso humano, sí de prescindir de cuanto adelanto mata, envenena, usurpa, explota…
La crisis es el gran interrogante que estaba colocado en nuestro itinerario colectivo. No sorteemos ese “stop” imprescindible. Se impone el cuestionamiento de buena parte de cuanto producimos. Cada vez más personas sentimos la crisis como oportunidad de oro para reorientar nuestros pasos, para reinventarnos a nosotros, a nuestra civilización, a nuestra forma de relacionarnos. Hay que empezar de nuevo con otros valores, con otros principios, tras otro destino. Sería además un gran error pensar que nos hallamos en una crisis de exclusivo orden económico y no de modelo civilizacional. Optamos por explotar u optamos por reverenciar. Optamos por enriquecernos más y más materialmente, no importa a consta de qué o de quién, u optamos por reencontrarnos a nosotros mismos y a la vida que nos envuelve. La palabra consumo, y su tan mentada reactivación, nos habla más de la primera opción.
La fe y la esperanza en este tiempo de crisis no nos la da por lo tanto la reactivación del consumo, sino la reactivación de nuestra alma, de nuestro potencial creador, de nuestro potencial amador. La fe y la esperanza en medio de la crisis nos la proporciona el parón, el silencio, la ocasión para regenerar nuestra mirada, para dejarnos encantar por las primaveras de uno y otro signo que ya son con nosotros.
En última instancia sostenibilidad es sacralizar, porque sólo llegaremos a respetar, proteger y amar por entero aquello que consideramos sagrado. El ocaso de una civilización materialista e individualista que hace aguas por doquier, nos coloca a las puertas de una era más cargada de alma, más grupal, más consciente. El fin de la regencia de lo profano nos aboca a un tiempo más sagrado aún por definir. El desespero de la crisis habrá de tornar poco a poco en pasión colectiva para sentar las bases de ese nuevo y más fraterno mundo por el que cada vez más humanos suspiramos.
Koldo Aldai es amigo y coautor del libro “Espiritualidad y Política”, enlace a su blog “Artegoxo“
El triunfo de la dignidad, por Francisco Traver
02 abr 2012 Dejar un comentario
in Educación, Filosofía, Psicología
Una de esas palabras-trampa en la que muchos de nosotros nos caemos con todo el equipo por la fuerza que procede de la costumbre ,es la palabra “espiritualidad”. Se trata de un item que a unos (los reduccionistas del abajo) les da cierta repugnancia, mientras que a otros- los reduccionistas del arriba les viene muy bien para mezclar “churras con merinas” y arrimar el ascua a su sardina que no es otra para ellos sino la evidencia de una Presencia divina. De manera que voy a definirme y contarles lo que para mi significa esta palabra “espiritualidad”. Una espiritualidad laica.La espiritualidad es la condición no-material de cualquier actividad humana. Sin embargo no hay que confundir la espiritualidad con lo sobrenatural.
Espiritualidad es todo aquello que sucede en lo que hacemos y que se presenta como un plus, algo intangible, algo que se añade y que se situa más allá de la necesidad, y desde luego no es algo material, más que eso, no es algo que sume a la vida sino algo que se sustrae a la muerte. Nada a lo que se puede meter el dedo, no es contable, ni mensurable y sin embargo es algo que tiene el valor de la Verdad. De manera que lo espiritual no pertenece al campo de lo fenoménico sino al campo de lo noumenico, a lo oculto. Es por eso que hablamos de una condición no-material y es por eso que solemos retratarla con la palabra “sagrado”, pues hay algo en una experiencia de ese calibre que nos conecta con un nivel de conciencia elevado por encima de nuestra condición de simios, por encima de la determinación. Es como otra vuelta de tuerca en nuestra condición humana, algo que se parece y mucho a aquella metáfora del monolito de Kubrick en 2001 y los cambios de nivel de conciencia que acontecen a partir de un hito evolutivo. En “Eso” hablé precisamente de esta experiencia que usualmente es una experiencia contemplativa, inútil desde la perspectiva de la razón, tan inútil como una colección de sellos o un poema.
Este post se me ocurrió escribirlo después de ver una pelicula más que recomendable, se trata de “Intocables”, un film de Toledano y Nakache que se inspiró en una historia real. Se trata de la historia desgraciada de un aristócrata ricachón y pijo que queda tetrapléjico a consecuencia de un accidente de de parapente. La película trata de la relación que se establece entre su cuidador Driss, un senegalés condenado a vivir en la frontera del delito y la exclusión social y el algo “meapilas” Phillipe, una persona que tiene los suficientes sirvientes y los suficientes cuidados y dinero para vivir una vida con muchas limitaciones pero cómoda aunque tremendamente aburrida precisamente por ser el blanco de la compasión de aquellos que le prestan cuidados, sí, pero cuidados impersonales.
El senegalés Driss, se queda con el trabajo y comienza entre él y Phillipe una relación de amistad que romperá los limites establecidos no solamente en cada una de sus vidas por separado sino en el nuevo sentido que aparecerá en su relación como consecuencia de un intangible que aparece cuando se realiza un trabajo, cualquiera que este sea con dignidad a través del deseo de compartir, de la autenticidad, el sentido común, el humor, el honor y la transgresión como condimento de una relación necesariamente condenada a la estrechez emocional.
Estamos acostumbrados a pensar en el trabajo de dos formas, una forma es la maldición bíblica, algo que necesariamente hemos de llevar a cabo para subsistir, la segunda forma en que nos imaginamos el trabajo es como si fuera un intercambio comercial, un salario que se ofrece u obtiene a cambio de un esfuerzo. Las dos cosas son ciertas en distintos niveles de definición de la actividad laboral. Pero en realidad existe una tercera forma de entender el trabajo, una forma espiritual como más arriba señalé: en este nivel el trabajo es sobre todo un don y no una mercancía, algo que se da gratis y que anda oculto en la telerañas de lo mercantil y la necesidad de subsistencia pero que emerge precisamente de ambas dos y por la misma razón que una paella no es solamente la suma de arroz, agua, verduras y carne. En cualquier nivel de definición de la ocupación y del esfuerzo o el trabajo hay una dimensión que es creadora, y que resulta un regalo, algo que se brinda más allá de la actividad puramente mecánica del mismo. Ese algo más es lo que el pragmático senegalés regala a Philippe y que es precisamente lo que redime a Philippe, a su familia y a él mismo.
La medicina o la psicología pueden curar o mitigar las enfermedades pero la espiritualidad no cura, redime a las personas de sí mismas y de sus entornos o costumbres tóxicas. Driss es redimido por su trabajo, -basado en una relación de ayuda- de su pobreza, de su destino carcelario, de su ignorancia, de su barrio de casas sociales, del paro y el parasitismo social y de un destino más que incierto. Phillipe es redimido por Driss de su estulticia, de su dependencia extrema, de su victimismo y de su falta de agallas para imponerse a su propia familia desorganizada precisamente por la falta de normas y una jerarquía clara.
Y ambos se hacen amigos, una amistad redentora para ambos, pues se trata de una creación de algo, de un nuevo nivel de definición que les situa más allá de las relaciones comerciales, de las relaciones del “toma y daca”, del puro mercantilismo del salario y los horarios.
Las películas evidentemente no demuestran nada pero pueden mostrarlo todo, pues lo espiritual al ser inmaterial no puede demostrarse sino solo ofrecerse como un sentido nuevo, algo ex novo que surge en cualquier plano de definición, no importa el trabajo que se desarrolle. Lo que viene a redundar en el hecho de que no todo lo natural tiene una explicación mecánica y que no es necesario invocar a lo sobrenatural para entender que casi la mitad de nuestro tiempo lo dedicamos a actividades no-materiales si entendemos a nuestros hobbyes (que tambien son trabajo y esfuerzo) precisamente como actividades no regladas que son en realidad dones con los que nos festejamos a nosotros mismos o a los demás. No es que estas actividades no representen esfuerzo. Este post que estoy escribiendo ahora es un esfuerzo intelectual que realizo, mas allá de su vigencia durante dos o tres dias y que leerán solo un puñado de lectores. No es algo relativizado por una relación mercantil, no hay dinero, ni poder, ni mérito literario en él. No hay intención alguna salvo la de compartir con vosotros lo que para mi resultó un hallazgo.
Se explica a sí mismo. Escribir por escribir, ese es el misterio.
Pues la suma de todos los elementos que componen un conjunto no es igual al resultado de todos esos elementos en el nivel superior del conjunto que los abarca, los sistema complejos como nuestra mente hacen emerger nuevos niveles de definición cuando logramos integrar los niveles mas bajos y conseguimos empujar nuestro centro de gravedad un poco más arriba: dos escalones más. Hay algo más en la paella, en el plato que nos guisa nuestra mujer, en el regalo barato de alguien que nos recuerda qué dia es hoy, esos pequeños detalles de la vida que nos quitan un poco de muerte y nos devuelven el aliento al comprobar que hay vida despues de todo, mas allá de la vida que vivimos determinados por nuestro origen de simios parlanchines.
Y eso debe ser la felicidad y es verdad que se alcanza a través de la dignidad, la amistad, el amor, el honor y el esfuerzo.
Driss me lo enseñó.
Y éste que creeís: ¿Espiritual o sobrenatural?
Anhelo de libertad
12 may 2011 Dejar un comentario
in Educación, Filosofía, Motivación Etiquetas: Filosofía, libertad
Notamos que, de alguna manera y bajo múltiples formas, está regresando ese viejo espíritu rebelde, inconformista, que saca a la gente a la calle, para expresar su anhelo de un mundo mejor. La grave crisis, sobre todo moral, que afecta a muchas sociedades, va tomando nuevas maneras de expresarse, haciendo visibles necesidades que parecían latentes hasta ahora, haciendo aflorar problemas sociales, de convivencia y también económicos, sin olvidar la importante dimensión política de todos ellos. Anhelos de libertades
Una de las consecuencias positivas de estos movimientos sociales es que suscitan debates sobre asuntos que son propios de la filosofía, sobre los que muchos maestros de la humanidad han expresado sus puntos de vista y han aportado soluciones que haríamos bien en repasar y considerar como vigentes.
Tenemos la oportunidad de comprobar que hay muchos puntos de coincidencia en los mensajes de los filósofos, especialmente en un punto fundamental: la necesidad de la educación para la libertad, para la paz, para la convivencia fraternal. Educación en el sentido de poder sacar de nosotros mismos las mejores cualidades que nos permitan ejercer el bien en libertad, hacer que el mundo se acerque un poco más a la justicia, que se respeten los derechos humanos y la dignidad de las personas.
Vemos surgir propuestas que invitan a la acción, al compromiso con el devenir del mundo, a salir del individualismo egocéntrico, a escuchar la llamada del servicio, de la entrega generosa de tiempo y energías, aunque solo sea para aportar ese pequeño grano de arena que pueda sumarse a otros muchos. Esas actitudes han sido siempre propias de los amantes de la sabiduría, porque el mejor argumento, la mejor enseñanza es el ejemplo, el buen ejemplo.
